Las historias de su tío guardacosta, las anécdotas de marinos, submarinistas y pilotos navales también fueron marcando su niñez y adolescencia. Inspirada en esos relatos y la fascinación por los aviones, a los 15 años se dijo convencida que quería ser piloto. Buscó información sobre mujeres pilotos, pero era muy escasa.Impulsada por esa pasión, al terminar el colegio, Brenda Cantoral postuló al riguroso proceso de admisión de la Escuela Naval, donde superó exámenes físicos, psicológicos y técnicos y logró asegurarse un lugar. La vocación militar se impuso.
Durante su formación, convivió con compañeros en cursos de supervivencia. Ahora recuerda con nostalgia las pruebas en la selva, en el desierto y en el mar. Asegura que todas esas experiencias suelen asociarse al ámbito masculino, pero para ella representaron la oportunidad de disfrutar un proceso que la impulsó a alcanzar sus sueños.