Ese casco era el juguete de su niñez. Nunca lo dejaba. Recuerda vívidamente sus juegos infantiles a 4000 metros sobre el nivel mar; cómo trepaba a los cerros aledaños al campamento Calera Cut Off (en el distrito de Pachachaca, Junín), una cantera de cal donde su abuelo, Agustín Arias, y luego su padre, Jesús Arias Dávila, trabajaron de sol a sol para sacar adelante a la familia.
“Mi abuelo era gallego y vino al Perú a trabajar. Hizo varias obras a la minera Cerro de Pasco Corporation. Eligió el centro del país como su lugar del trabajo y ahí comenzó a explotar una cantera de piedra caliza, para producir cal, que luego vendía procesada a la Cerro de Pasco”, cuenta la ejecutiva.
No conoció personalmente a su abuelo. Lo vislumbra como el emprendedor que inició a la familia en la minería no metálica. Esa pasión fue heredada por Jesús Arias, quien optó por la minería metálica.
Efectivamente, soy arquitecta y fue mi padre, Jesús Arias, quién influyó en formar mi vocación. De niña, él incentivó en mí el arte, con libros sobre pintores, escultores, arquitectos… un juguete que me regaló en esa época, un mecano, complementó los libros de arte y, al armarlo, sentí que lo que quería era diseñar y construir. Al terminar el colegio ya tenía decidido estudiar arquitectura en la UNI.
“Me inculcaron ese amor por la minería desde pequeña”, dice Eva Arias. Su familia se mudó a Lima, pero en las vacaciones escolares, los ocho hermanos Arias Vargas regresaban al campamento o a la mina de San Vicente, en Chanchamayo, Junín, una de los primeros yacimientos que explotó su padre, quien a lo largo de una dilatada carrera pondría en operación varias minas de menor escala en las regiones de Junín, Pasco, Huancavelica, Puno y La Libertad.
Su padre la apoyó cuando decidió estudiar Arquitectura en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), pese a que a él le hubiera gustado que ella eligiera alguna ingeniería relacionada con el negocio familiar. Estaba en el tercer ciclo en la UNI cuando formó con dos compañeros una empresa de arquitectura. Les iba bien, hasta que se inició un ciclo minero de “vacas flacas”, entonces Eva Arias decidió apoyar a su familia. Se matriculó en cursos cortos de administración, contabilidad y finanzas, en ESAN, para apoyar mejor el negocio minero.