Hermelinda tenía doce años y vivía en la sierra de su natal Huaral el día que, al despertar, no oyó los acostumbrados ladridos de Panchito. Más bien, lo encontró agitado, con salivación y angustia en sus ojos. Ella misma pudo sentir el dolor y desorientación de su adorada mascota, que escapó de casa y no volvió más. Un par de años después, Hermelinda sintió la misma tristeza cuando vio que algunas vacas tenían heridas en la boca, además de mucha salivación y sin poder comer. Algunas incluso estaban tendidas en el piso mientras su padre las curaba, ya que no podían caminar. Esta vez, Hermelinda no se quedó con la duda de por qué los animales sufrían tanto y algunos hasta morían. Así supo que Panchito había tenido rabia y que las vacas se habían contagiado de fiebre aftosa. “Los animales sufren mucho con las enfermedades. ¡Cuando sea grande, yo voy a ser la doctora de todos los animales!”, les dijo Hermelinda a sus padres. “¡Así será, hijita! ¡No te preocupes, las vacas se sanarán y los campos darán buenas cosechas para que tú y tus hermanos puedan ir a estudiar a Lima!”, le respondieron su papá y su mamá.