Cuando Joanna era una niña, esperaba la llegada del verano y las vacaciones para ir con todos sus primos a la playa La Herradura, donde, además de disfrutar del mar y el sol, se deleitaba contemplando a los animales que aparecían al caer la tarde. Su padre alentaba esa curiosidad animando competencias entre Joanna y su hermano. “A ver, ¿quién sabe más nombres de los animales más extraños del mundo?”, los retaba, mientras sacaba una enorme enciclopedia británica, que era como la Internet de esos años. Así fue como Joanna empezó a hacer sus pininos en investigación y se iba maravillando con el mundo de los animales, especialmente los marinos.
Mientras seguía la carrera, Joanna conoció en la playa de Pucusana a un grupo de biólogos, cuyo trabajo la inspiró muchísimo: rescataban a los delfines de quienes vendían su carne a los restaurantes, sin importarles que eran animales en peligro de extinción. Desde entonces, ella se comprometió con estudiar y proteger a los adorables delfines.